Desanudarse

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¡Ah!, el corte de pelo, parece un simple acto cotidiano, pero reviste una religiosidad crucial, casi una renovación. Cuántas veces se sale de allí con la sensación de haberse librado de algo, que al ver rodar los mechones por la capa hacia el suelo (y desconocerlos en el último momento antes de juntarse con el pelo de los otros), se liberan también las ideas embotadas, los recuerdos que sin percibirlo se han ido enredando con otros recuerdos, las preocupaciones que podrían esperar, pero se atan a los días y las horas como si con ello algo se arreglara. Allí, delante del espejo, mientras una radio o un televisor parecen pasar por alto la magnitud de lo que acontece, va surgiendo, de a pocos, ese alguien que se andaba buscando hace días, con cierto halo de alivio por hallar al que se tiene en frente, de reconocerlo. Al final todo sigue ahí, el tiempo, la urgencia, los precipicios; pero cada reconciliación consigo mismo trae a su vez un pequeño ajuste de cuentas con el mundo.

Alejandro Benito (cc by-nc-nd)

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