Merecimientos

https://flic.kr/p/bo4aQq

Debiéramos dejar de lado la palabra merecer, no volver a conjugarla. Creemos que por hacer las cosas bien (¿acaso debiera ser de otra manera?) merecemos con ello el derecho a algo, así, de la nada, y que además podemos exigirlo; y si no ocurre, entonces se supone que es injusto, que está mal que no sea nuestro. Con el afecto, por ejemplo, el primer error es creer que lo que uno siente es puro, que procede de no sé qué clase de quintaescencia y que en ello no hay peros, no hay falsedad, y que por eso debe ser aceptado y entendido como la razón más importante (a veces, como la única razón), y al mismo tiempo ese afecto es digno de su contraparte igual o mayor de a quien se entrega. Confundimos la palabra merecer con ganar, con ser el que se esfuerza, y convierte su deseo en una acción, en una atracción activa, contundente, que toma lo que a bien desea, que pelea por ello, y que dimite, claro, cuando no es posible ganarlo, pero que antes de eso, no se le pasa por la cabeza que su amor o su deseo o su ambición proceden por si solas. Nunca se consiguió nada con la sola intensión, y si se obtuvo, no debió serlo, no era tan importante como para que fuera nuestro.

Alejandro Benito (cc by-nc-nd)

Fotografía (https://flic.kr/p/bo4aQq)

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