Biblioteca

 

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En ningún otro lugar me siento más bienvenido que la biblioteca. Allí de repente el ruido usual de la ciudad se desvanece, el tumulto de las calles y los autos torna en paisaje mudo a través de un cristal que no nos toca, el día deja de urdir su vaga indecisión de sol o lluvia, para tener la justa medida de luz, no tan alta como para herir la vista, ni tan baja que adormezca. Entonces solo hay que buscar un lugar, mezclarse entre la gente, saludar silenciosamente a los viejos conocidos (recomendados discretos de sus libros), y dejar que las páginas pasen delante de los ojos, que la historia que se lee (o se escribe) tome el rumbo que le apetece, no importa ya que en algún momento anuncien el inevitable cierre, o que la tensión de los personajes decaiga. Al final, si es una hora o toda la tarde, si fueron cinco paginas o cincuenta, o si la historia se quedó sin palabras, habrá sido más provechosa por la intensidad del contacto, por la urgencia de la introspección, harto escasa en tiempos del megabit y el transmedia. En ningún otro lugar me siento más bienvenido que la biblioteca, ese lugar donde no tengo que justificar mis silencios.

John Alejandro Benito (cc by-nc-nd)

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